lunes, 13 de septiembre de 2010

Otro ocaso del verano


Anoche dormí, por primera vez, con las ventanas cerradas. Mientras me iba sumergiendo en ese submundo un poco más agradable que el de la vigilia, noté cómo las partículas del calor arañaban literalmente los cristales exteriores de mi cuarto. Trataban de entrar, pero no podían.

He preferido no preguntarle a nadie sobre lo que pude oír, porque estoy seguro de que, en un alarde de racionalidad, lo atribuirán al viento, con el que, por otro lado, tratamos de explicarnos la mayoría de las cosas que suceden, sobre todo, por la noche -"era el viento"-.

Pero no se trataba de este. Era el calor, agonizando, echando de menos las noches en las que se sabía el protagonista del baile y mantenía al público en vela durante horas, pendiente de sus vaivenes y de su estado de ánimo.

Las mencionadas partículas parecían añorar aquellos telediarios que dedicaban hasta diez minutos a los comentarios sobre las famosas olas y los efectos que provocaban en la gente; recordándose como tema de conversación principal en la estepa sevillana, en la llanura castellana y en la capital española, sobre todo, a las tres de la tarde.

El calor, además de reconocer que su reino está irremisiblemente entrando en barbecho, se ofende, por estas fechas, al ver que, sin que la temperatura disminuya significativamente, se producen visibles modificaciones en la 'geografía textil' de las ciudades: haciendo probablemente la misma temperatura que en junio, la gente ya no viste como entonces: comienzan a verse chamarretas y chaquetas a primeras y últimas horas del día; las piscinas han quedado abandonadas, sin niños. Y entonces, el calor concluye que no es la temperatura, sino un estado de ánimo, lo que se está modificando.

Y es cierto que la temperatura sigue siendo la misma y que tendremos lluvias, tormentas y vueltas a días soleados en los que resultará incómodo permanecer al sol, pero nosotros ya no nos sabemos en el verano, y por no vernos en el invierno, entramos en esa especie de limbo en extinción que llaman el otoño, que nunca se compromete con nada. Una estación oportunista y sin carácter que, adornada por el viento y las hojas muertas -hipócritas figurantes- no deja de ser un turbulento funeral del verano.

No es raro por tanto que los representantes de una estación que marca nuestras vidas se ofendan sobremanera al verse emplazados a un segundo plano: superada la depresión postvacacional -un síndrome construido socialmente para ocultar nuestra adicción al ocio- esta estación ha dejado de ser necesaria: ya no tiene sentido vivir en verano cuando tenemos en el horizonte el mes de octubre, igual que es absurdo bañarse en la piscina cuando se escuchan los primeros truenos de una tormenta.

Pero sabemos que antes de que nos queramos dar cuenta ya estaremos de nuevo en esa recta en la que el estío se sabrá vencedor: al contrario que en estas fechas, será en los meses primaverales cuando playas y terrazas preparen la llegada del festival veraniego. Vamos, lo de siempre, o nada nuevo bajo el sol, un sol que se nos esconderá más de un día a partir de ahora.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tienes razón, es triste pasar a un segundo plano.

Os pasáis 7 meses al año maldiciendo el frío, las bajas temperaturas, la lluvia, el granizo y rezando para que vuelva a hacer calor.
Tenéis más camisetas de manga corta de la que os da tiempo a usar en los meses de verano... Pero llega Septiembre y os dedicáis a comprar como locos ropa de nueva temporada (oscura y de manga larga, por supuesto) y os empeñáis a sacarme de vuestras vidas ignorando mi presencia.

Tienes razón, es triste pasar a un segundo plano.

Amigo, gracias por hacerme un pequeño hueco en tu blog, a mi y a mi depresión post-existencial

Atentamente: EL CALOR

Andrés Villena Oliver dijo...

Gracias, señor Calor. Aunque no sabe usted lo amigos que fuimos de pequeños y lo frío -¡frío!- de nuestra relación actual. Hasta el año que viene... si usted vuelve.