lunes, 13 de julio de 2009

Serie pedagógica: irte de vacaciones con tus padres...

Vale, dice tu madre que este año os vais a un hotel a Cádiz, de cinco estrellas...

Sabes que van a tirar la casa por la ventana y te sientes culpable: no vas a pagar nada, no tienes trabajo ni ganas de tenerlo. Pero qué cojones, viva la clase media...

No obstante, para disfrutar de esos días de asueto, te lo tienes que currar. Tus padres te van a sorprender.


Una vez llegados al maldito hotel, después de que tu padre se pierda tres veces y blasfeme cuatro, llega el momento en el que tienes que intervenir para que tu progenitor no se líe a hostias con el recepcionista que, mononeurónico, no entiende cómo su empresa ha podido daros una habitación incorrecta: lógicamente tu padre y tu madre no pueden dormir en una cama supletoria en el baño de las limpiadoras...

Tu habitación está estupendamente pero no te ha dado tiempo a acostarte en la cama y tu madre ya reclama tu presencia. Como una comercial del hotel, quiere mostrarte las instalaciones en las que vivirás durante 96 horas... Emociones fuertes desde el principio.

El día se ha pasado entre los primeros ajustes y las vueltas al coche para recoger lo que habíais olvidado. Además, hay que ir al puto pueblo a comprar Coca Colas: no hay cojones de beberse las del mini bar ya que os arruinaríais. Y llega la noche, que, como siempre, es lo mejor del día para los que solo encuentran cosas negativas. O son demasiados realistas.

Y llega el desayuno. De repente, ¡todos y cada uno de los miembros de tu familia han cobrado fuerzas para despertarse un 8 de julio a las 8:30! No te lo crees cuando ves a tu hermano que vive de noche decirte "vente a desayunar" -igual es que acaba de llegar de juerga y está medio borracho, es mejor seguirle el rollo-.

No te lo crees mientras bajas unas escaleras atestadas de gente igual que los tuyos directos al comedor. ¿Pero hay allí algo más que un desayuno?

No tenías ganas de levantarte y ahora tienes que desayunar. Cojones, cuántas cosas. Mientras te entretienes buscando algo comestible y compatible con una garganta seca de recién levantado, ves, de fondo, a tu padre y a tu madre entusiasmados, hablando con un cocinero.

Querrías desayunar en una mesa solo pero quedaría mal. Ni siquera en una mesa cerca de tu familia. Y es que no quieres que nadie te hable. Es extraño pero todos esperan tu puta llegada. ¿Qué vas a desayunar? En este tipo de citas todos se vuelven muy gastronómicos, hablar de comida cuando se come con hambre parece un deber. Y los ves levantarse y volver con unos platos que no vaciarán en la vida.

Pero ahí está, tu padre. Te escruta y te persigue, no puedes escapar. Te mira con ojos saltones mientras terminas tu última tostada. La que quieres que sea la última tostada del día para tener un día lo más normal posible: a saber, volver a acostarte cuando termine esta ceremonia.

Pero él te conoce y te tiene controlado: los dos lo sabéis, él ha estado hablando con un cocinero y no por hablar. Luce dos huevos fritos que ya se ha esforzado en hacerte ver. Conoce de sobra lo que te puede joder en ese momento y no lo va a dudar. Sabes perfectamente que hay huevo frito. Y que tu padre te lo va a preguntar. Entonces, te acabas rindiendo a la evidencia:

- Oyes, que hacen ahí unos huevos fritos que te cagas. Hay un tío, que yo he hablado con él ya, que está muerto de ganas de hacer huevos fritos. Vete y te coges uno y te lo comes.

Y al final, quizá por una fuerza que no controlas, acabas comiéndote el huevo frito. Y lo que entre después. Y, acto seguido, a la playa a quemarse. Ya habrá tiempo de dormir, de estresarse, de buscarle las vueltas a las cosas. La familia, ante todo, es una institución por algo. Ya necesitarás cualquier cosa y te ayudarán. ¿Un poco de pan para mojar?

2 comentarios:

natxox dijo...

Yo tenía 15 o 16 años cuando dije. "No quiero huevo frito". Y todos los veranos me dejo 15 dúias de vacaciones para pasarlos con mi madre, que tiene 82 añitos. Y me llevo con ella mejor que nunca.

Andrés Villena Oliver dijo...

jejeje, tomaste una decisión valiente, eso te honra, montoya