domingo, 16 de junio de 2013

Wert no debe dimitir

Hace ya mucho tiempo que, desde distintos grupos y plataformas, se pide la dimisión del ministro de Educación, José Ignacio Wert Ortega. Se deduce que quienes exigen su marcha inmediata consideran que tal hecho es necesario para que se produzca un profundo cambio en las políticas públicas educativas en España. Por esta razón, sería de interés prever las posibles consecuencias que tal decisión tendría en caso de que tuviera lugar; esta reflexión se debe realizar en un marco algo distinto al cotidiano, considerando que las personas constituyen actores de vigencia temporal y, al mismo tiempo, son partes que interaccionan entre sí dentro de una estructura compleja.

De esta forma, se puede afirmar que el ministro de Educación, Cultura y Deporte ocupa una posición social que sirve de enlace a múltiples instituciones de diverso tipo. Exitoso directivo de empresas demoscópicas y ex director adjunto del banco BBVA (al que ha estado vinculado desde 2003 hasta 2010), José Ignacio Wert representa un buen ejemplo del empresario próspero proveniente de una carrera inicial en entidades de carácter público (CIS, RTVE) y político (Alianza Popular, Congreso de los Diputados y Ayuntamiento de Madrid). El análisis de su perfil profesional nos sirve, por tanto, para observar la relación que se establece entre múltiples instituciones públicas y privadas en las que se adoptan decisiones relevantes para nuestra vida política y social. La biografía profesional de Wert subraya, por otra parte, un rasgo característico de nuestros representantes democráticos, como es su carácter híbrido (político, burócrata, parlamentario, empresario, etc., y muchas veces todas estas categorías al mismo tiempo).

¿Qué ocurriría si este importante decisor desapareciera del mapa político? Aparte del hecho de que seguiría tomando decisiones importantes en otros terrenos (ha sido presidente de Demoscopia, Sofres e Inspire Consultores, esta última, empresa colaboradora del Partido Popular a lo largo de los años pasados), la sustitución de Wert por otro ministro 'de rostro humano' respondería a las exigencias de una posición que tiene que lidiar con múltiples organismos del sector público y privado, para cumplir, además, con el programa político del partido que gobierna con mayoría absoluta. Lo más probable es que la marcha del ministro, que muchos tildarían de éxito en la lucha contra los recortes, consistiera en su mera sustitución por otro gestor que ejercería, como mucho, un estilo comunicativo diferente.

Pero no solo se trata de analizar las relaciones sociales existentes. También hay que echar un vistazo a los números. La reforma educativa se está produciendo en el marco de una serie de acuerdos a escala europea (con un cambio en la Constitución Española aprobado por los dos principales partidos de la democracia parlamentaria) que persiguen fundamentalmente la reducción del déficit público y la estabilización de la deuda a largo plazo. Esto implica recortes y medidas políticas que suponen y supondrán un encarecimiento progresivo de los servicios públicos. La ley de Educación es solo una manifestación de estas circunstancias.

¿Pero es que los gobiernos no responden a los intereses de los ciudadanos? Por supuesto: además, necesitan sus votos para mantenerse en el poder político. Sin embargo, las actuales circunstancias inclinan la balanza por eso que se ha denominado la consolidación fiscal. Los públicos, los miembros de la masa o la ciudadanía, como se prefiera decir, tienen también pendientes una serie de reformas: la elaboración un programa de políticas públicas coherentes con una ética ciudadana avanzada y sostenibles a largo plazo, la producción de instituciones alternativas a las actuales, la reflexión sobre los errores cometidos en el diagnóstico y en la acción de protesta, etc. Mientras que 'la gente' no emerja como un colectivo con unos intereses concretos y una serie de medios explícitos para conseguirlos, los cambios y las crisis ministeriales solo formarán parte de las dinámicas internas del poder y del espectáculo cotidiano y televisivo con el que vivimos todos los días. Wert no dimite, se queda. Para el caso, lo mismo da. Por ahora.