domingo, 20 de septiembre de 2009

Sobredosis otoñal mal avenida


Ya hace cuatro días desde que salí de mi casa por la tarde en pleno verano para regresar convertido en un pupilo del otoño, cuya entrada acababa de atravesar sin previo aviso. Y duele.

Había salido a dar una vuelta en bicicleta hasta el pueblecito de Olías, escondido en una montaña que comienza al final de la legendaria barriada malagueña de El Palo. Cuando llevaba media subida –cinco kilómetros y un sudor que me nublaba la vista-, supe que el otoño se me había colocada a rueda y ya no iba a poder soltarlo. Como Induráin, cuando se pegaba a Chiapucci, a Rominger o a Bugno –este último tuvo que sentarse por ello en el diván, además de en el sillín-, la estación que asesina anualmente al verano se acababa de instalar en mitad de una cómoda pero exigente subida, plan de verano que se iba a tornar de invierno, cuando el sudor del esfuerzo se tornara en escalofrío traidor al cambiar la pendiente ascendente por un rápido descenso en pos de una ducha caliente, imposible dos días antes.

Me da la sensación de que, en esta ocasión, nos hemos llevado la peor bofetada en muchos años: un potente temporal nos ha obligado a buscar las prendas del invierno dos días después de clausurar la piscina. Demencial.

Loco el cambio de forma de vestir, casi como si estuviera programado por “unos grandes almacenes”, con potencia y poder de mercado suficiente como para engañar al hombre del tiempo y al objeto de su trabajo. Lo suficientemente codiciosos como para trazar el perfil mental de nuestras vidas, el color de la hoja muerta que pisamos reflexionando sobre lo que podríamos haber hecho mejor, nuestra ropa o corteza social y, en definitiva, nuestra vida durante la vigilia.

Todos los años, cuando comienza el curso, nos da la sensación de que este va a ser nuestro año: podemos hacerlo mejor que nunca, como el que empieza una subida en bicicleta, muy fuerte desde abajo. Con este principio de estación y de curso da la sensación de que los nubarrones son una advertencia: con sobrevivir vamos aviados. Dan ganas de esperar al próximo año para subirse en el tranvía de la rutina.

2 comentarios:

Laura Virue dijo...

Completamente identificada... casi se me sanltan las lágrimas, jejeje. Feliz otoño

Andrés Villena Oliver dijo...

Muchas gracias :). El año pasado a estas alturas estaba colapsando la Bolsa mundial. Por ahora lo estamos llevando mejor. Un abrazo.