miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sobre echarse colonia para olvidar el hedor

Mientras corría ayer por el paseo marítimo de Málaga, me quedé observando las "calitas" -qué coraje me da esa palabra- que, a base de camiones con piedras y tierra, están levantando en la playa. El objetivo es, supongo, estético y, junto al espigón que están montando enfrente de todas ellas, persigue eliminar la enorme cantidad de mierda por metro cúbico que tiene el agua de esta maravillosa ciudad, capital de la Costa del Sol.

He pensado en la solución que los poderes públicos -no sé cuáles- están implementando y me ha dado bastante asco: ¿aislar de fuera el agua de la orilla del mar para que podamos bañarnos? ¿Cuánto tardará en volver a estar sucia? ¿Solucionamos de verdad el problema?

He pensado eso y, tras decidir no bañarme ningun día el verano que viene -mis padres tienen piscina en la urbanización-, he recordado las medidas del presidente Zapatero: la mayoría, intervenciones ruidosas que en realidad no han tratado los problemas con profundidad: hacerlo sería una temeridad, dados los poderes que sostienen al presidente. Espigones y calitas que, durante un tiempo, parecieron trabajos para mejorar la sociedad, pero en los que casi nadie quiere bañarse ya...

Hay mucha basura en nuestra sociedad. Y la solución no es precisamente echarse colonia encima. El camino tiene que venir de otro lado, desde abajo, consultando y contando con todos. Y para ello, necesitamos una sociedad nueva, que surja tras un cataclismo nuclear del que hayamos sobrevivido unos 300 seres humanos -a ser posible, yo entre ellos, por haberlo predicho-. Vamos, que seguiremos bañándonos en la playa...

martes, 29 de septiembre de 2009

Atrapado en el otoño

Todos los años llega un momento en que me veo atrapado en mitad del otoño, como el que se queda perdido en un banco de niebla, en una carretera o en una autovía cuando el sol ya no sirve de referencia. Lo que ocurre a mi alrededor ya no importa, la ceguera acaba de impregnarlo todo.

El otoño, además, no es una estación, sino una calvicie de lo cultivado a lo largo de lo bueno del año: esa recta final que arranca curiosamente en febrero y que conduce a los meses más fértiles, con el verano como colofón. Con el otoño las hojas caen junto con nuestros propósitos para el nuevo curso, que, fallidos como era de esperar, caducan automáticamente al comenzar a contar el reloj.

Y la luz nos abandona a quienes no tenemos motivos para madrugar -quién los tuviera-. Pronto será de noche a las seis de la tarde, nos caerán las hojas y, rodeados de niebla, no podremos ver como nuestras iniciativas planteadas con el fresquito esperanzador de septiembre marchan ya por la segunda planta del sótano.

En definitiva, una mierda.

Entonces -a mí particularmente me pasa esto- llegará un punto en el que normalmente nos hayamos convertido en inmortales: no podremos estar peor, habremos tropezado con la puta niebla y nos habremos cagado en la dulce brisa y, de morros contra el suelo, habremos puteado uno por uno a todos los sueños del verano que se encuentran ya a seis metros bajo tierra. Nos habremos arrastrado escupiendo a los malditos árboles, tosiendo por una lluvia que nos pareció agradable a principios de estación, y dejando, para colmo, que nos robe la cartera el chusma de la noche, que como han cambiado la hora, ahora entra a trabajar a las seis.

Lo mejor es que en este punto no podremos empeorar más, y nos habremos vuelto irremisiblemente optimistas. Quedará una reparadora ducha, quitarse los zapatos, y tirarlo todo a la basura, incluida la estación, y esta bazofia de poesía prosada y traída desde el fondo del infierno, donde descansan nuestros malditos sueños.

domingo, 27 de septiembre de 2009

"El mundo", de Millás, o cómo me hice escritor...

Llevo varios días con la novela de Juan José Millás "El Mundo", en la cabeza. La recuerdo cuando me pongo a escribir y me sorprendo reflexionando lo que esta narra. Es una especie de autobiografía novelada, que explica muchos de sus miedos, inquietudes, pero que, sobre todo, narra el conjunto de dificultades que este escritor tuvo que superar en su infancia. No son pocas.

Leer a Millás supone a veces entrar en un universo y un estilo muy cerrado, condensado, absorbente. Dentro de esa densidad, el autor siempre consigue sorprender, o hacernos disfrutar con su elegante estilo. Es curioso que recuerde a Millás de mil cuentos y artículos de opinión, más o menos largos, pero difícilmente de alguna novela. Aun así, su obra novelada supera la decena de títulos.

"El mundo" ha sido mi primer libro del otoño, y va a ser difícil que muchos lo superen. "Ensayo sobre la lucidez", de Saramago, no lo va a conseguir. Comparada con la primera parte, "Ensayo sobre la ceguera", esta reválida muestra lo político de manera demasiado explícita. Se echa de menos el primer relato, reflejo de la naturaleza social y humana insertado en una trama que engancha hasta el final.

Me gustaría compartir lo vivido leyendo "El mundo", de Juan José Millás. No me extrañaría que alguno terminara haciéndose escritor a partir de este magnífico trabajo, ganador -¿a quién le importa?- del Premio Planeta.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Un desempleado a sueldo pasea por Madrid

Madrid, Plaza de Castilla, 13.00. Estoy debajo de las Torres KIO y me siento libre, como siempre en esta ciudad. Hace sol, acabo de salir de PÚBLICO, donde me han tratado como a un señor serio que piensa y puede aportar valor añadido a un diario serio. Con mi moderada expresividad, estoy que no quepo en mí.

Miro hacia arriba y siento vértigo. Estas dos torres, que están todo el día como cotilleando entre ellas, me parecen el final de Madrid. Cuando se ven por La Castellana, es como si detrás de ellas los automóviles se cayeran al vacío...


Por eso siento, no miedo, sino respeto, y me alejo del precipio que guardan. Y me refugio en un banco donde el sol bombardea. Frente a mí, la sede de la AIMC -donde se estudia las audiencias de los medios-. Ver el rótulo y estar dentro del edificio se sucede en unos 30 segundos. Sin un plan preconcebido ni una necesidad, un minuto y medio después, estoy en una sala de juntas sentado frente a un señor muy serio, que contesta a unas preguntas inventadas para prolongar los momentos de dicha de esta semana, en la que todo vuelve a parecer posible.

Pasado el cuarto de hora -el señor mayor y enjuto parece entretenerse pues simpatiza con mis ideas- salgo por la misma puerta por la que entré. Dentro se quedan Pedro J. y Losantos, las cifras de EL MUNDO y los simulacros que a este señor, un tal Méndez me dice mientras me aprieta la mano, le ha divertido escuchar.

Sin solución de continuidad penetro en uno de esos restaurantes feos con menú. Ya casi no tengo paro y sigo con complejo de marqués, pero todo va a salir bien.

Mientras me como el menú y asesino a una mini cucaracha, tres pijas conversan de sus problemas a mi lado. De fondo, en un segundo plano, las camareras, inmigrantes, bajitas y serviles, solucionan asuntos de otra clase. Primer y segundo plano me muestran los dos niveles de una ciudad española, occidental, europea, moderna. Dos torres sociales que, como las KIO, colapsarían al caer. Una sostiene a la otra y muchas veces no sabemos cuál a cuál.

Un día agotador, complejo y satisfactorio en Madrid. Si todos fueran así... Es lo bueno que tiene ser burgués: las preocupaciones no se pueden tocar, si te distraes, ya no están por un rato. Y con este final pseudoprogre me quedo tranquilo hasta que el socialismo se construya y me trague con él.

martes, 22 de septiembre de 2009

Sobre boicotear a PRISA

Se habla de boicotear al grupo PRISA por sus críticas interesadas al Ejecutivo. PRISA puede hacer lo que quiera: ZP se merece más de un coscorrón. Esperemos que no contraataque con SMS.

La cita sería el día 15. Para ese día tengo, en principio, pensado comprar EL PAÍS, CINCO DÍAS, desayunar con la CADENA SER, conducir con CADENA DIAL y, por la tarde, ponerme la M80. Además, echaría un vistazo de vez en cuando a CNN+ -a ver qué tal va el boicot- y, finalmente, me repasaría un cuadernillo de VACACIONES SANTILLANA, de esos viejos y raídos que aún conservo por nostalgia. No olvidaría, por supuesto, el telediario de Gabilondo en CUATRO y rezar un pequeño réquiem por la ya fallecida LOCALIA.

Reflexionando de nuevo, son muchos medios y muchas tareas incluso para un parado. Me leeré, mejor, el diario del día anterior y envolveré la merluza en él. Tiraré el cuadernillo de vacaciones por la ventana, al que le seguirá la televisión, destrozaré la radio adecuadamente sintonizada en algún canal privado y cansino y provocaré un incendio a base de cabeceras dedicadas a la captación de publicidad y al relleno del resto de los espacios por periodistas sometidos.

Lo mejor sería, un día de estos, hacer un boicot a todos los medios, quedar en alguna plaza, y comentarlo. No nos iría mal. Últimamente hace un poco de mejor tiempo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Sobredosis otoñal mal avenida


Ya hace cuatro días desde que salí de mi casa por la tarde en pleno verano para regresar convertido en un pupilo del otoño, cuya entrada acababa de atravesar sin previo aviso. Y duele.

Había salido a dar una vuelta en bicicleta hasta el pueblecito de Olías, escondido en una montaña que comienza al final de la legendaria barriada malagueña de El Palo. Cuando llevaba media subida –cinco kilómetros y un sudor que me nublaba la vista-, supe que el otoño se me había colocada a rueda y ya no iba a poder soltarlo. Como Induráin, cuando se pegaba a Chiapucci, a Rominger o a Bugno –este último tuvo que sentarse por ello en el diván, además de en el sillín-, la estación que asesina anualmente al verano se acababa de instalar en mitad de una cómoda pero exigente subida, plan de verano que se iba a tornar de invierno, cuando el sudor del esfuerzo se tornara en escalofrío traidor al cambiar la pendiente ascendente por un rápido descenso en pos de una ducha caliente, imposible dos días antes.

Me da la sensación de que, en esta ocasión, nos hemos llevado la peor bofetada en muchos años: un potente temporal nos ha obligado a buscar las prendas del invierno dos días después de clausurar la piscina. Demencial.

Loco el cambio de forma de vestir, casi como si estuviera programado por “unos grandes almacenes”, con potencia y poder de mercado suficiente como para engañar al hombre del tiempo y al objeto de su trabajo. Lo suficientemente codiciosos como para trazar el perfil mental de nuestras vidas, el color de la hoja muerta que pisamos reflexionando sobre lo que podríamos haber hecho mejor, nuestra ropa o corteza social y, en definitiva, nuestra vida durante la vigilia.

Todos los años, cuando comienza el curso, nos da la sensación de que este va a ser nuestro año: podemos hacerlo mejor que nunca, como el que empieza una subida en bicicleta, muy fuerte desde abajo. Con este principio de estación y de curso da la sensación de que los nubarrones son una advertencia: con sobrevivir vamos aviados. Dan ganas de esperar al próximo año para subirse en el tranvía de la rutina.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Mi primera vez en la tele

"¡Oh, es supereinteresante tu testimonio!", concluía una redactora -o lo que fuera- de Espejo Público justo antes de programarme para el pasado viernes, en el que yo participaría en un "debate" sobre jóvenes que, por la crisis, vuelven a casa de sus padres.

Nada más lejos de la realidad: mientras la enorme cadena -menudos gastos, menudo derroche, propio de quien tiene para regalar y no se da cuenta de lo que estamos pasando- me devoraba al recorrerla por sus pasillos, ya me imaginaba que la cosa no iba a ser como me habían dicho. "Diecisiete minutos tendrá el espacio aproximadamente, aunque ya sabes, en la tele nunca se sabe y siempre se acaba recortando". El trato de la redactora es exquisito y su apariencia, mejor, pero de la televisión uno no puede ni fiarse: gente que tiene mucha prisa y cosas mejores que preocuparse por lo que tú pienses.

Y tanto que recortaron tiempo: ni cuarenta segundos para decir algo, y la mitad se va en la presentación. Nada.

Muchos amigos míos pudieron ver cómo miraba mi móvil mientras los tres tertulianos culo gordo de turno ventilaban el tema a su manera: brocha gorda, mucha seguridad y un cruce de piernas con chaqueta y corbata, café mañanero e ideología centro derecha. Lo perfecto para la cadena y su delgadísima presentadora.

Viajar a Madrid, aunque te lo paguen, para decir "no tengo trabajo porque lo perdí, vuelvo a casa de mis padres lo cual no es un drama sino un privilegio, lo que obviamos es el grave problema que hay de fondo" es poco menos que una broma pesada. Ni siquiera el zumo de naranja templadito de la sala de invitados o el hecho de ver a Jesús Neira al lado de Massiel compensan esta primera excursión a la tele.

Pero mis compañeros de aventura no piensan ni mucho menos lo mismo. Uno de ellos, dispuesto a ir a la recogida de la fresa por seis euros al día, manifestaba haber trabajado dos años para una empresa, sin cobrar. Más que un becario, un esclavo, sometido, como él mismo afirmaba, a kilos y litros de pasta y agua. No se le notaba en un cuerpo sometido poco menos que a un Ramadán intermitente.

La chica, un bombón cuyo perfil encaja perfectamente con la rasa exigencia de esta cadena y de la hora de la mañana, se había casado pero había tenido que volver al nido paterno y materno. Es simpática y lo hace bien, sabe que va a volver y podrá aparecer en distintos programas de testimonios que bien podrían catapultar su carrera en lo relativo a la publicidad y a las relaciones públicas. A los dos les deseo mucho éxito, tal y como ellos lo quieran entender.

El chico -que abrazaba constantemente a la chica, la rubia, que no era suya- se extrañó ante mi sugerencia: "la única idea creativa que puedes tener sin sueldo es incendiar ese departamento de publicidad en el que trabajas. Esa y no otra es una idea creativa". Pasados dos días no hago sino reafirmarme en mi conclusión: con el estómago vacío solo se piensa en lo que se piensa. Espero que pueda condimentar la pasta -la que se come directamente- con algo de salsa de tomate.

Lo he intentado dos veces pero la chica rubia no me deja abrazarla como el de la pasta. No llevo la misma camiseta interior blanca de manga larga, no soy moreno y "me he preparado la intervención", o eso dice ella. "Yo tenía un discurso político que transmitir", le respondí, en nombre de Comisiones Obreras. Decididamente no me deja abrazarla porque le recuerdo a su marido: tan guapo, fuerte, también en casa de sus padres.

El taxi viene pagado de ida y de vuelta. Al taxista de la ida le regalo el libro que llevaba para Antena 3. Al de vuelta lo escucho todo el trayecto y le invito a abandonar Es Radio y concentrarse en otros mensajes más fiables. Son de lo mejor de la experiencia. Me encanta la tele, y ver cómo no me tiembla la voz. No hay nada que temer. La tele es como una aspiradora que retiene lo peor de la sociedad, los deseos más bajos, que vaporiza la mugre cotidiana para convertirla en colonia cara, pero con un hedor barato que se nos queda en la inconsciencia.

De ahí que esos pasillos que ahora me vomitan de vuelta no me produzcan el respeto que el Ministerio de Fomento. Esa televisiva y humorística cartera que me expulsó hace ya casi medio año en el nombre de Zapatero y de su ocupada progenitora.

lunes, 14 de septiembre de 2009

¡¡¡Mi primer día de colegio!!!


Son recuerdos difusos y es posible que lo que voy a contar para un día sucediera en distintas jornadas. El caso es que revivo claramente tres o cuatro cosas de la primera vez que asistí al colegio, en 1984, según me confirman mis padres, previamente preguntados por ello, y después de mirarme con una ya acostumbrada extrañeza:


Subí un montón de escaleras y me parece que iban mi padre y mi madre conmigo. No sé qué horario tenían aquel día -de trabajo, ellos ya habían terminado el colegio- y si se lo saltaron, pero el caso es que fui bien acompañado. Sobre la subida y la dureza de esta no me queda nada: no descarto que me subieran en brazos ni tampoco que me quisiera hacer el hombre y tragarme con cuatro años -en diciembre y estábamos todavía en septiembre- toda la ristra de escalones que nos amenazaban desde abajo, desde casa.


Al llegar a nuestro destino nos recibió alguien que era muy simpático o conocía mucho a mis padres: es decir, que era un gilipollas a todas luces, porque mis padres no conocían todavía a nadie de la institución. El caso es que, desde abajo, desde mi altura, noté cómo el individuo les venía a asegurar que todo estaba controlado. Un gilipollas. De fondo, a lo lejos, pude ver a una vecina mía, gorda en la actualidad, que prometía estar muchísimos cursos por encima de mí. Espero que ahora le vaya muy bien y que lo haya aprobado todo.


La entrada a la clase la recuerdo confusa pero sí puedo asegurar algo: fui el último y la sesión, o lo que fuera, estaba ya empezada. A partir de ahí me planteo algunas hipótesis: es posible que no fueran solo minutos sino días; que hubiera cogido algún virus o resfriado antes de la fecha o bien que me hubieran visto demasiado deprimido para ir el primer día a clase. No descarto ninguna suposición siempre que se refieran a enfermedad, miedo o fluidos corporales con ropa puesta.

El caso es que entré y era el nuevo. Una profesora, que luego se sabría quién era, me prometió lo que yo creí que era "un fuego". Aquello me entusiasmó: yo no era tonto y me hacía cargo de que llegar al colegio el primer día y hacer "un fuego" era toda una suerte, una señal de los dioses, una demostración de que el colegio no tenía nada que ver con lo que mis malditos padres me habían dicho. Pero no se trataba de eso -quizá en las Ikastolas...-, ni mucho menos. Lo que había hecho la maestra era decirle a un compañero -que se ha convertido en un amigo al que aprecio y admiro en la actualidad- que me acercara "un juego". Recuerdo una cierta desazón.


Mi primera salida de clase no fue buena, porque ya había gente ingeniosa en el colegio, con buenas ideas y proyectos que llevar a cabo con efectividad. Unos niños que yo consideré mayorcísimos nos esperaban a la salida para asustarnos. Éramos nuevos en la vida. Lo sabían. Conmigo dieron con el más adecuado probablemente. Eran tres: dos hacían de buenos, el tercero estaba desbocado. Este estaba tan crispado conmigo que los otros dos, que probablemente querían pegarme también, tuvieron que consolarme al verme al punto de sufrir una embolia. Llegaron a pedirme perdón por aquel loco pero recuerdo que el infecto agresor no cambiaba de actitud y prometía incluso más. Supongo que es la causa de muchos de mis problemas actuales, pero espero que hayan podido dar con él, o que incluso se trate que el conocido como Antonio Anglés, desaparecido en algún mar y enfermo terminal.


Y nada más del primer día, que dio para mucho. A partir de ahí tengo que deciros que conseguí faltar frecuentemente a clase: tenía frío, miedo al niño ese y a otro que "me veía" -sí, eso mismo, doctor-. Recuerdo a mi padre de joven cabreándose a la entrada del colegio y devolviéndome a casa, donde me comería unas galletas María y montaría algún plan alternativo al colegio: ver la tele, colorear, llorar. En cierto modo no he cambiado, aunque mi padre tiene jodida una vértebra y ya no puede cargar físicamente conmigo. Dicen que a Borges, con setenta años, lo bañaba su madre todos los días, de entonces noventa. El caso es hacer algo muy muy bien y merecérselo...

domingo, 13 de septiembre de 2009

Se acabó lo que se daba

Ya está. Se terminó. No nos queda más tiempo. Hemos finiquitado literalmente el verano, y tras él quedan muchas cosas vividas, buenas y malas.

¿Qué libros habéis descubierto durante este período?

Acabo de terminar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé y no tiene desperdicio alguno. También me gustó La broma, de Milán Kundera; la trilogía Millenium de S. Larsson; Galíndez, de Vázquez Montalbán, así como algún que otro ensayo de este último autor. Me he quedado encallado, eso sí, con el principio de Archipiélago Gulag. Veremos si al final lo termino.

No es mal entretenimiento este de leer, y parece como si la vuelta al trabajo o al frío lo impidieran. Nada más lejos de la realidad. Veremos qué clásicos y novedades descubrimos esta temporada.

sábado, 12 de septiembre de 2009

¿Por qué tanta insistencia en el tiempo?


Desde hace bastante sigo con atención el tiempo meteorológico. Y no porque sea un obseso -que también, y con mucho-, sino porque percibo que las estaciones son perfectos escenarios en los que se desarrolla la comedia, la tragedia, el drama o, sobre todo, la anodina serie de acontecimientos que constituye nuestras vidas.


Ahora llega otoño y veremos nubes grises, más oscuras, casi negras. Cualquiera puede levantarse un día y lamentar que no salga el sol, pero este lamento ya es en sí un sentimiento que se puede volcar al papel, o bien una circunstancia que tener en cuenta al analizar lo que suceda esa jornada.
Por ejemplo, esos nubarrones que no sueltan lluvia frustran notablemente nuestras aspiraciones animales y humanas; ese día en particular puede vernos fracasar en algunas tareas, o vernos decepcionados en determinadas expectativas.


No es culpa del día en sus características físicas y climatológicas, pero lo que nos haya pasado mantendrá para siempre ese fondo oscuro, ese croma antipático que siempre reviviremos cuando recordemos por qué no lo hicimos de otro modo en aquella ocasión. Por tanto, aunque lo que ocurra no nos guste, quedaremos envueltos por la atmósfera de la jornada y en cierto modo seremos, durante el tiempo en que esta se desarrolle, una criatura surgida, exudada del lienzo que se componga para la ocasión.


No es bonito que nos llueva si no vamos preparados, pero es una señal de que sentimos lo que pasa en nuestro exterior, de que salimos, de vez en cuando, del yo-yo-yo en que sumimos nuestra cotidianeidad.
Cuando vamos a los museos admiramos determinados cuadros que describen la naturaleza y, a través de esa exposición, nos transmiten una serie de sentimientos que el autor quiere comunicarnos. Pasamos por alto que diariamente tenemos la oportunidad de contemplar numerosísimos cuadros y asignarles el significado que queramos, en función de nuestras circunstancias.


Dejemos a las nubes en paz este otoño. No las insultemos: son mucho más que eso.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un 11 de septiembre...


Es curioso que los historiadores de cierto rigor -si nos salimos de los libros de secundaria o BUP- no sitúen el final del Siglo XX en 1999 o en 2000, como correspondería según la lógica. Más bien, tienden a buscar un acontecimiento importante que se aproxime al final del período para establecerlo como el posible cambio de ciclo.


Los hay que consideran 1991 como el comienzo del siglo XXI. Ese año cayó la Unión Soviética: para unos, el segundo gran imperio; para otros, el fracaso de una forma alternativa al capitalismo. De este modo, se ha establecido el período 1914-1991 como el "pequeño Siglo XX", para hacer coincidir acontecimientos importantes (primera Gran Guerra, Revolución de Octubre, caída de la URSS, fin de la Guerra Fría).


Hay otros que van más allá de 1991 y llegan al 11-S como el punto en el que se establece el cambio de centuria. De este modo, el 11 de septiembre de 2001 sería la fecha para establecer el principio de la nueva era: la inseguridad, el terrorismo en red y la "lucha contra el terror" como nuevos paradigmas, dentro de un mundo unipolar.


Fue también un 11 de septiembre, concretamente de 1973, cuando unos aviones -sin estrellarse- comenzaron a bombardear el edificio más enigmático del poder político chileno: el Palacio de la Moneda.


Entonces, el coronel Augusto Pinochet sirvió de títere condecorado por EEUU para establecer el statu quo deseado en Chile. Salvador Allende representaba una amenaza para los intereses norteamericanos y su política más nacionalista que comunista hizo saltar las alarmas.


Allende había nacionalizado la industria el cobre chileno, lo que le supuso un bloqueo por parte del FMI, que acabó provocando una fuga de inversiones, una huelga patronal, y varios asesinatos, que terminaron en un exitoso golpe de Estado.


El Gobierno de la Concertación no era revolucionario, sino democráticamente elegido. Con la muerte de Allende falleció la esperanza de combinar el socialismo con la democracia, esa socialdemocracia que ahora muchos reivindican pero ni sueñan con practicar. 1973 representa, por tanto, otro buen momento para establecer el cambio de siglo.


Pd. No es una coincidencia que Cuba sufra un bloqueo por tener nacionalizada parte de su producción. Ni que Irak -cuyo dictador Sadam fue colocado por la CIA- se ganara la enemistad de Washington justo después de expropiar sus yacimientos de petróleo a las empresas privadas. Irán también tiene el oro negro en manos del Estado: poco tiempo le queda.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Me siguen invitando


Desde hace tiempo noto que, cuando vamos a tomar algo a un bar, me invitan.

Normalmente se trata de alguien a quien no veo desde hace semanas y sabe de mi condición de desempleado.

Durante la conversación no ocurre nada anormal; ni siquiera cuando repito y pido otro Sprite -"aquí tenemos Seven Up"-. Podría pedir siete botellines de esos fresquitos que no ocurriría nada, salvo que tendría que ir un par de veces al baño. Total, tampoco traen apenas líquido las botellitas: no llegan a un vaso, de esos que tienen un cubito que los rellena casi entero. A veces creo que son consumiciones de juguete. Porque llenar, llenan poco. Efectivos inventos.

El caso es que no se me seca la garganta. Y llega la hora de irse.

Porque en algún momento hay que pirar. Porque ni nos queremos tanto ni vamos a arreglarlo todo ese día.

Y alguien tendrá que financiar este encuentro, digo yo, o más bien, diría el camarero, encargado de la caja del local que no le pertenece pero que tiene que custodiar como si fuera suyo. Y que se pregunta cómo coño se puede beber un canijo así siete botellines del maldito Seven Up que, además, se rellenan todos los días. ¡Y no coloca!

Y, entonces, termino de morrearme con el consumidor del día anterior del Seven Up que finiquito y me levanto, diciendo que me voy "al piso" -no tengo nada que hacer-. Y se produce un camino cómplice hacia la barra, en el que nos miramos y tú sacas tu cartera un poco antes que yo y yo voy a decir que yo invito pero tú tienes ingresos y me lo pagas tú.

- No hombre, no, por favor. Ya me invitas cuando ganes el primer Pulitzer.

Y así me gano infinitas consumiciones de espuma blanca, dulce, e impunemente ociosa.

martes, 8 de septiembre de 2009

De vuelta en Madrid...

... por unos días... A ver si consigo sortear el paro y el hambre famélica que una persona tan desprotegida como yo pasaría si no recuperara el sustento. ¡Ay! Puta crisis...

Y es que los burgueses sufrimos más que los pobres cuando perdemos algo. Les jode más todavía a los ricos ricos, a los aristócratas -a ver si alguien recupera el vídeo de la pija esa que se lamentaba de perder patrimonio...- Eso son lecciones de economía y no esas gráficas que estudié durante cuatro años en la fuckultad.

Se hace difícil trazar un plan cuando no hay planes en el futuro. En fin, enfermedades burguesas, que se inflan al hacer la digestión de una buena y segura comida.

Madrid sigue bien. Permanece algo el calor, pero la zona de los Austrias continúa siendo un espectáculo. Este año habrá nevada también pero no estará Magdalena Álvarez -ojo, mi ex jefa- para responder por ella. Tampoco responderé yo por Magdalena. Ni ella por mí.

No sé si Madrid me verá este año, pero voy a hacer todo lo posible por seguir aquí. Y, si no, a Málaga, con mis papás. Algo bueno sacaremos de todo esto.

¿O no?

Pd. Como veis, el post de hoy, de profundo interés público.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Mal de muchos...


... consuelo de tontos, en principio. Pero relacionar la situación individual con la colectiva o nacional no es del todo inútil.


El mes de agosto ha cosechado un aumento del paro de 85.000 personas. Es decir, que casi cien mil individuos más se han quedado sin nada después del verano. Lo de septiembre probablemente será más duro y veremos aumentar y e incrementarse la cantidad de gente desempleada, y jodida.


Esto nos afecta a todos, no solo a los que hemos caído en esta molesta trampa.


También quienes tienen empleo deberían estar preocupados. El aumento del paro supone una reducción de facto de los derechos de los trabajadores: aunque no se modifique ninguna ley, en el mercado laboral, cada vez va a ser más fácil exigirle al currante unas cuantas horas extra gratis, un fin de semana que otro de trabajo, o bien, que las faldas que lleva tal señorita tengan unos dos dedos menos de tela. ¡Es que estamos en crisis!


Una situación de crisis -política, social, económica- hace que en las burocracias trepen los individuos de peor calaña. Y que los de buena fe tengan que aprender de los malos para poder sobrevivir con cierta calidad de vida.


En las empresas, esta situación de pillaje no redunda precisamente en una mejor producción, pero recordemos que muchos trabajadores no están interesados precisamente en aportar valor añadido a la empresa, sino en tirar p´alante.


Supervivientes que escalan en épocas de crisis o de prosperidad. Líderes de la mentira y el chantaje, de la violencia verbal y gestual.


Vamos a ver muchos a partir de ahora. El imperio de paletos se volverá cada vez más visible.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿Por qué no nos creemos ya la política?


Van pasando los años y el ZP está ya como cuando González en 1995, solo que sin Filesa, GAL, Cruz Roja, Mariano Rubio, Juan Guerra, Comisiones del AVE y otros desastres resultantes del rodillo felipista. Con ello se ha creado una generación de jóvenes y más talludos que no se creen nada de lo que está sucediendo: una bomba de nihilismo que explota diariamente.


ZP se ha concentrado en el CIS y en robarle el centro al PP: se ha hecho amigo de Pedro J. Ramírez -uno de los poderes fácticos- y seduce cuando puede a Janli Cebrián -cabreado con la TDT pero al fin y al cabo sometido al cliente de EL PAÍS-. Para colmo, ZP tiene amigos nuevos: unos neoprogres a su servicio para poner en marcha la mejor fábrica ZP de ideas. Todo controlado.


De esta forma, la crisis no hunde el barco: existe una especie de equilibrio del terror entre los dos paquidermos parlamentarios: a cada aumento del paro le sucede un diputado del PP con un millón de euros robados en la alcaldía, por ejemplo, de Boadilla. El desastre nuclear es imposible pues ambos tienen mucho que esconder. Zapatero y Rajoy son los nuevos Cánovas y Sagasta.


Para colmo, IU no existe, y ahora, mucho menos que nunca. En las Europeas se inventó el voto de castigo para el PCE, y varios partidos, como Iniciativa Internacionalista, Izquierda Anticapitalista o el viejo PCPE se llevaron unos cuantos miles de votos de la histórica formación.


Como diría Lenin antes de degollar a una gallina y comerse su cabeza, "¿Qué hacer?" Procede que el nivel de exigencia de los ciudadanos aumente. Y eso va a ser difícil informándonos a partir del telediario. En tiempos como estos, una novela bien leída constituye un acto revolucionario. Destruir y crear. Criticar la bazofia de lo establecido y crear puentes, prestar lecturas, mandar correos con citas, abrir blogs, redes, reuniones, cine fórums, conversaciones, botellones.


Y de ahí a la calle. A armarla. Ahora sí que no tenemos nada que perder.